En la fragilidad, felicidad

Por Eduardo Escalante - 30 Septiembre 2016


Ni la fragilidad ni la felicidad son estados binarios (uno o cero), sino ondulaciones gravitacionales que tienen memoria y proyecciones. En algún momento, pasan de estar dirigidas al éxito instrumental para ser éxito filosófico. Se constituyen en la derrota de lo que no es justo, una victoria más definitiva sobre lo incidental y volátil, de lo que agobia en un mundo de incertidumbres.

Entonces la angustia instrumental disminuye; se requiere una presencia humana distinta a lo operacional. Ya la pulsación no tiene relación con impaciencias, con la prisa. Ya no se juzga el resultado por un número, por lo grande “casi heroico”, por el despliegue estético de que se es importante, que se está en una vitrina y la escena requiere espectadores que aplaudan. Es con lo que se ha sintonizado el esfuerzo. Se pasa a una instancia de mayor modestia, testigo de lo que sobrepasa. Saber vivir pasa a ser el imperativo. El proceso de abstracción se modifica, el elemento velado se ilumina. Hay una invitación a traspasar, porque después del páramo sombrío está eso que hace única a cada pieza de nuestro actuar. 

Llega el momento de la fascinación con las espumas. Aparecen de pronto donde no había más que un líquido al cual basta agitar con cierto vigor, tal como hacen las olas cuando rompen en la playa o quien sirve una cerveza dejándola caer descuidadamente en un vaso. En ambos casos, el movimiento integra al aire con el líquido y surge la espuma. Abandonamos el mar sordo.

En algún momento, joven, viejo, el cuerpo requiere una llamada de auxilio; algo lo hace venirse abajo, lo hace vulnerable. Puede ocurrir que uno se sienta extraño en su propio cuerpo. En un mundo tan precipitado, consumiendo kilómetros/vida, el cuerpo se cansa, todo entra en tensión. No necesariamente la farmacia es la solución. A veces un chispazo de felicidad (un saludo al nostálgico, un apretón de manos al padre desorientado, una mirada de empatía a la gerente atribulada) ajusta un poco. El instante vocativo se manifiesta de algún modo. Los niños lo saben muy bien. El vocativo exige un genitivo (una fuente, un dónde; por ejemplo, un proveedor de afecto). Un dativo también surge como necesario: pasar a la restauración (infundir optimismo). Finalmente, el ablativo, sanar la raíz, haciendo hablar la circunstancia con paciencia.

Pareciera que la felicidad tuviera que ver con la grandeza de los hechos, pero, en realidad, en el día a día tiene que ver con la fragilidad de nuestro acontecer y dudamos de que en ella podamos hacer un agujero de luz, que es un instante de felicidad. La historia nos muestra las paradojas. Beethoven vivió en una época de frustradas esperanzas de libertad. El Himno a la alegría es una apasionada protesta contra el antagonismo de clases que divide a la humanidad. Mientras Schiller dice “fuertemente divididas”, Beethoven cambia estas palabras en un lugar, para un arranque coral, y escribe “insolentemente divididas”. Lo hace desde el amor a sus congéneres. 

Así como en la fragilidad de un momento histórico determinado surge algo supremo, también en nuestras vidas cotidianas –a pesar de la fragilidad de una situación– podemos actuar desde lo sublime con quienes valen la pena, sea en el hogar o en el trabajo. No se trata de flotar el deseo de ocultar del “almirante samurái / que tapó la flota enemiga con un abanico”, como señala el poeta Lezama Lima.

Se puede salir, aunque sea un instante, de la náusea existencialista o de la conciencia desolada haciendo un agujero a la oscuridad, la llamada partícula de Dios (con certeza o no), desde un segundo plano, da forma a un haz de luz, en especial cuando es la responsabilidad con el rostro del otro lo que importa. 

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