El poder de la ética en el mundo del trabajo

Por Fernando Véliz Montero - 03 Junio 2016


La ética proviene del vocablo griego ethos, es decir, “carácter”. Esta definición se vincula con el temperamento de las personas, temperamento que obviamente no es inalterable, sino que se va transformando según las decisiones que tomamos a lo largo de la vida. La ética —o saber adquirido a lo largo de la conformación del carácter— facilita muchas veces nuestra toma de decisiones, y es así como sabemos si aplicamos justicia o no, o si estamos actuando en la medida del bien o no. Constantemente estamos discerniendo, tomando decisiones y concretando conductas. Cada persona, cada contexto, cada dimensión de la vida nos pone a prueba a diario. 


Hablar de la ética es hablar de las costumbres, la moral, la filosofía, las obligaciones y la conducta de las personas. Hoy por hoy este concepto recorre el conjunto de nuestras prácticas, y de esta forma ya se habla de la ética en los medios de comunicación, como también en el campo de los negocios o en las diversas materias de sustentabilidad del planeta. Esto es, surge una nueva ética, una más diversa y proactiva que está induciendo al ser humano a hacerse cargo, a prestar atención y a investirse como el verdadero responsable de su entorno productivo, social, ecológico, espiritual, etc. A modo de ejemplo, Julio Olalla, reconocido coach ontológico a nivel mundial (y presidente de Newfield Network), argumenta “que está surgiendo una nueva ética, como consecuencia de las acciones de los seres humanos sobre el planeta, sobre la naturaleza, sobre las especies. Por lo general nosotros hablamos de la ética entre los seres humanos, pero en un momento se nos olvidó el tratamiento ético para los árboles, las especies, el tratamiento ético para los animales, el mar…” (Olalla, 1013). Este líder mundial pone el énfasis en la sustentabilidad del planeta, comprendiendo la trascendencia de hacer un llamamiento para generar movilidad en el pensar y el actuar que le damos a las decisiones medioambientales, por ejemplo.


El mundo empresarial, al parecer en un primer momento, desde una dimensión un poco forzada, tuvo que asumir y comprender plenamente lo que significaba la ética dentro del campo del trabajo. Obviamente, la ética, en muchas ocasiones representada en valores organizacionales, aún se encuentra viviendo procesos de internalización. Es curioso y lamentable advertir que todavía muchas empresas creen que con equipos de relaciones públicas (o lobbies), o con la promoción de la RSE (Responsabilidad Social Empresarial) mediatizadamente, podrán limpiar su imagen o promocionarse como empresas serias y responsables. Esa dimensión utilitaria de la ética aún es un sendero de aprendizaje no sólo para las compañías, sino también para la sociedad en su conjunto. Las siguientes palabras debieran hacer pensar a estos líderes y a estas empresas antes descritas: “Una empresa que usa el nombre de la RSE, pero que no comparte ningún compromiso, convicción, ni visión, que lo hace simplemente porque es una situación coyuntural, y no considera el entorno en que se desenvuelve, paradójicamente será llamada a responder ante la comunidad sobre su egoísmo” (Wigodski, 2010).


Otro factor que exige con mayor fuerza que las empresas habiten en el campo de la ética es el tema de la transparencia. En nuestros días, la opinión pública en su totalidad exige transparencia, sumándose también a esta causa los medios de comunicación, los agentes reguladores, las asociaciones de consumidores y la sociedad civil en su conjunto. Cada una de estas colectividades plantea que hoy nada debe estar a la sombra, nada deberá estar encubierto, pues ya no existen los secretos. En este nuevo siglo, en el que no existen rincones ocultos ni segundas agendas, la “transparencia” resulta un sendero básico y fundamental para toda organización que aspire a la validación y el respeto de los ciudadanos. Antes se pedía transparencia, hoy se exige.


En su libro "Ética en los negocios" Teodoro Wigodski plantea que “la ética es el eje estructurador de la empresa en cuanto habilidad transversal que integra y encadena cada una de las operaciones, productos y/o servicios para satisfacer las necesidades de los distintos grupos de interés de la empresa” (Wigodski, 2010).


En un colectivo humano, y también en una empresa, todo resulta en un momento dado una decisión ética. Poseer grandes ganancias y tener sueldos famélicos es una decisión ética. También es un tema ético ascender a una persona a un puesto de forma poco transparente, sin respetar el mérito y la excelencia de otros. O utilizar desinfectantes nocivos para la salud de quienes consumen hortalizas en un momento dado. Es decir, la ética funciona desde principios transversales como el respeto al ser humano, la verdad, la libertad y la justicia. Esta ética debe emprenderse tanto con los públicos internos como externos (stakeholders) de una organización. Gerencias, mandos medios, base organizacional, gobierno corporativo (accionistas, directorios, etc.), opinión pública, clientes, proveedores, medios de comunicación, agentes reguladores… En fin, una conducta ética es sinónimo de pensar en el otro, sostener acuerdos y funcionar desde la coherencia y la consistencia permanente.


La aspiración anterior no es un bonito cuento de hadas ni una película de ciencia ficción. Todos hemos visto que la gran mayoría de las crisis que hoy se están viviendo en el mundo (políticas, empresariales, religiosas y sociales) son crisis éticas. Éstas, obviamente, se materializan desde la codicia, o el deseo desmedido, o, en muchas ocasiones, se articulan por caminos altamente perjudiciales para el resto de las personas (ciudadanos, feligreses, trabajadores, etc.). De este modo, los conflictos de interés, el abuso en el uso de la información, el acceso y uso de recursos financieros, la manipulación de la reputación corporativa, los temas relacionados con la discriminación (racial, sexual, etc.) son, entre otras dimensiones, factores críticos de éxito en el campo de la ética y las empresas.


Es importante comprender que la ética, esta “ciencia de la moral”, este “arte de dirigir las conductas”, durante siglos se ha pensado para el fortalecimiento del buen vivir. Es decir, alcanzar un grado de acuerdo y compromiso colectivo que haga que las cosas ocurran en pos de un bienestar común. Desde esta dimensión, pensar en hacer el bien, comprometerse con una mejor vida, con una vida más feliz, es una opción legítima y posible. Así, veremos cómo, en un momento dado, la ética y la felicidad confluyen. José Rubén Sanabria (Ética) aborda la dimensión de la felicidad centrando su atención en Aristóteles (El supremo bien). Este filósofo y alumno de Platón, con los años, fundó su propia escuela del pensamiento (Liceo) y reflexionó profundamente sobre el ser y el bien. Entre otras cosas, planteaba que el bien de cada cosa estaba en alcanzar la plenitud de su esencia. “La ética debe investigar el bien, la perfección y la felicidad del hombre como norma práctica de su conducta” (Sanabria, 1993). Esta dimensión crea puentes con la perspectiva budista de la felicidad, planteada por Matthieu Ricard (En defensa de la felicidad), quien afirma que “hacer sufrir a los demás es también provocar nuestro propio sufrimiento, de manera inmediata o a más largo plazo, mientras que aportar felicidad a los demás es, a fin de cuentas, la mejor forma de garantizar la nuestra” (Ricard, 2011). De este modo, la ética no está sola, sino que existe en la medida en que está al servicio de una suma de aspiraciones humanas, una de ellas la felicidad.


Se hace necesario plantear que muchas veces se confunde la ética con una dimensión de impacto en la relación con el otro, para casi terminar hablando de la ética social. Pero dejemos claro que ésta es solo una de las éticas, ya que la primera, la fundacional, es la ética individual (conmigo mismo). Una ética alineada a un criterio intrapersonal, ontológico. Una ética que se comprometa con “mi proceso” para así transitar y sumar con los procesos de los otros. Bertrand Russell (Autoridad e individuo) clarifica este punto argumentando: “La ética no atañe únicamente al deber hacia el prójimo, por muy importante que sea este deber. El cumplimiento del deber público no es todo lo que hace una buena vida; existe también el afán de perfeccionamiento personal, pues el hombre no es sólo un ser social” (Russell, 1995).


Por eso, uno de los grandes desafíos existentes al hablar de la ética (los valores, la moral, etc.) es cómo sostenerla en una organización. Cómo vivirla en coherencia, cómo mantener una consistencia en el discurso frente al poder del lucro excesivo, frente al poder inmanejable que en un instante pueden generar el dinero y las influencias. Cómo hacerlo para sostener la ética, los principios, las creencias. De este modo, cómo podemos generar un sistema de creencias y prácticas compartidas, reguladas y protegidas por todos. Nuevamente, aquí debe surgir como piedra angular el soporte de la primera mirada, que es aquella que se dirige a uno mismo (yo). Una mirada intrapersonal, en la que sólo deben surgir preguntas directas y cargadas de honestidad.


Félix Cantoni (El factor humano en la organización) es asertivo en estas materias cuando pregunta:


• ¿Cómo es mi propia ética?


 • ¿Qué valores suscribo?


• ¿Qué diferencias existen entre los valores que suscribo en público y los que suscribo en privado? 


• ¿Cómo explico —a mí mismo— esas diferencias?


• ¿Suele corresponder mi comportamiento cotidiano a los valores que suscribo? (Cantoni, 2002)


La ética poco a poco está cambiando el mundo entero, la tolerancia a validar prácticas injustas está quedando paulatinamente atrás, ya que las nuevas generaciones tienen una mirada cada vez más consciente. De igual forma, los sistemas comunicativos digitales (Facebook, Skype, Tweeter, etc.) están generando una coordinación de acciones pocas veces vista en la historia de la humanidad. Cada generación está sumando para que tengamos un mejor planeta, y un ejemplo sólido son los niños. “Los niños aceptan someterse a las normas cuando éstas están legitimadas por valores; sobre todo, si las normas y las reglas sociales garantizan el respeto de todos; permitiendo la emergencia de la justicia, el respeto, la solidaridad, el altruismo social y la ayuda mutua” (Barudy y Pascale, 2006). Esto nos debería llevar a construir proyectos empresariales de mayor seriedad y consistencia frente a sus declaraciones (medioambientales, laborales, de productos, etc.), haciendo que el papel de los líderes sea medular en la práctica diaria de las compañías. Ahora, para alcanzar un liderazgo mayor, los líderes deben ajustarse a preguntas también mayores, búsquedas que aspiren a sostener un crecimiento individual y grupal de trascendencia no solo para el negocio, sino para el mundo social en su conjunto. Es así como la ética socrática nos deja un gran desafío en estas materias, y en el caso de los líderes el reto es uno: “El auténtico conocimiento tiene que ver con la esencia de las cosas, como el buen comportamiento o la justicia, que en última instancia, uno tiene que descubrir por sí solo” (Robinson, Garratt, 2005).


En estos instantes, las empresas preparan a sus líderes para tomar decisiones técnicas, pero aún faltan las empresas que están capacitando a sus líderes de forma integral. Tengo la certeza de que todavía no abundan los casos en donde los líderes, al toparse con el concepto de la ética, logran tener una posición, un punto de vista, una práctica diaria. Hoy la aplicación de la ética es un recurso de uso permanente tanto en las decisiones internas como en las externas de las compañías, y lo será por mucho tiempo. De igual forma, serán los líderes quienes le darán consistencia y coherencia a este término. Hoy y siempre la ética se validará no por lo dicho, sino por las acciones que deriven de lo ya declarado.


Temas poco éticos, habituales en las noticias sobre el mundo empresarial: 


• Industrias que desvían ríos y dejan poblaciones completas sin agua.


• Productos con etiquetas carentes de información: prometen y no cumplen.


• Sueldos altamente desiguales entre los líderes y la base de la organización.


• Prácticas antisindicales, prácticas que rompen la confianza interna.


• Publicidad engañosa (precio, calidad, acceso, ofertas, beneficios, etc.).


• Coordinación entre las empresas para generar alzas de precios por áreas.


• No dar buena posventa en el caso de productos fallados, negar responsabilidad.


• Evitar entregar información en contextos adversos (contaminaciones, etc.).


• Corromper el mercado con sobornos, utilización de influencias, etc.


• Contaminar negligentemente el medio ambiente en general.


• Sobreexplotar los recursos naturales (pesca, bosques, minerales, etc.).




Aprendizajes desde la ética para el fortalecimiento organizacional:


• Pensar en los otros, colaborar y sumar al bienestar de todos.


• Fortalecimiento en el plano de la empatía, comprender y escuchar al otro.


• Conocer y vivir los valores, asumir desde la conducta las creencias.


• Estar al servicio de la organización, de sus equipos en general.


 

Fernando Véliz Montero

Autor de “Comunicar” y  “Resiliencia Organizacional” 


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