La felicidad como un norte posible

Por Fernando Véliz Montero - 03 Junio 2016



Me ha tocado en muchas ocasiones conversar con gerentes sobre temas organizacionales, y cuando les consulto sobre las posibilidades reales de ser felices al interior de la empresa en la que trabajan, en ese mismísimo segundo ellos ríen y bajan la mirada. Todo indica que la felicidad no es tema para el mundo del trabajo o, mejor dicho, no lo era hasta hace unos pocos años atrás.

 Frente a estos comentarios surgen algunas preguntas:

      • Â¿Será agotador vivir la felicidad las veinticuatro horas del día? (en relación con ello: ¿existe una felicidad a tiempo completo?).

         â€¢ Vivir el dolor, habitar la rabia, experimentar el miedo, ¿son emociones que verdaderamente nos articulan un sentido real y profundo sobre lo que significa vivir en plenitud, ser felices y apreciar la felicidad?

La vida, la felicidad y el ser humano son dimensiones dinámicas, imperfectas y finitas. Este contexto irregular se enfatiza muchas veces tanto desde la advertencia como desde la invitación: “La felicidad, propiamente dicha, es de una duración efímera, mientras que la dicha supone un estado relativamente estable, casi permanente” (Finot, 1966).

La felicidad es un estado de ánimo. Esta satisfacción, este gusto muchas veces por haber conseguido algo, por haber vivido algo… La felicidad nos sorprende y la buscamos, la enjuiciamos cuando no está, le rogamos cuando desaparece por mucho tiempo y, también, la construimos en ocasiones con prácticas de simulación, como la pulsión de compra consumista que nos hace creer en que cuantos más bienes de consumo tengamos, más felices seremos.

Cuando nos sumamos a esta forma de entender la felicidad (desde el consumo), estamos validando el pensamiento que dicta que, para ser feliz, hay que salir a buscar. Que todo está fuera, que nosotros casi no tenemos incidencia en el tema, que somos meros receptores, observadores capturados por un destino ya escrito.

Nos cuesta ser felices desde nuestra condición humana. Las guerras siguen existiendo, las hambrunas persisten y la codicia aún es un flagelo para nuestras economías. La sabiduría que proclamaban los griegos muchas veces no es suficiente para alcanzar nuestra felicidad… definitivamente nos falta aprender. 

Más perspectivas sobre la felicidad:

      · â€œPodría decirse que la búsqueda de la felicidad, algo tan ansiado y tan poco poseído, es el motor invisible que ha impulsado, subterráneamente, tanto la vida individual del hombre como el devenir de la historia” (Peña y Lillo, 1990).

      · â€œEl equilibrio felicitario viable es el del cálculo razonable en función de las propias capacidades y de las posibilidades circunstanciales. Y en el cálculo de esa ecuación, el término que permanece siempre bajo el control del sujeto es el deseo” (Fernández, 2001).

     Â· â€œÂ¿Quiénes somos nosotros para no ser felices? ¿Por qué nos asusta más la luz que la oscuridad? ¿Por qué pensamos que no nos merecemos ser felices?” (Shahar, 2008).

     Â· â€œLa felicidad hay que vivirla en cada momento, en cada lugar. Salvo quienes fueron premiados por la lotería genética, la felicidad requiere de trabajo y esfuerzo para traerla a nuestras vidas” (Fischman, 2010).

      · â€œLa felicidad, objeto escurridizo a la comprensión del hombre, errático en su goce, deviene meta y camino, realidad y señuelo, intención y acto […] es esperable que los sujetos la deseen, anhelen o ansíen” (Corbo, 2007).

    · â€œNuestra vida y nuestra felicidad dependen no poco del género de pensamientos que tengamos: si éstos son alegres, estamos alegres…” (Nogler, 2006).

      · â€œLa felicidad no es un destino, sino que forma parte del paisaje que se ve por las ventanillas de ese viaje que es la vida” (Figueras, 2006).

En el mundo del trabajo, la felicidad, con el tiempo, se ha ido jibarizando. Las prácticas no han sido las mejores, y al parecer muchas veces la felicidad va en contraposición a la propia tarea diaria, con la exigencia, la meta, las crisis, los cambios… el negocio mismo.

Pero, por otro lado, vivimos un tercio del día en el trabajo; durante un tercio del día nos convencemos de que la felicidad debe quedar fuera de nuestras oficinas, y ese cambio nos acarrea un sinsentido en el por qué y el para qué del trabajo que realizamos todos los días.

En su libro "La hipótesis de la felicidad" Jonathan Haidt nos habla, entre otras cosas, sobre el budismo y el desapego a lo material, a lo externo. Se instala esta certeza única del nosotros —los individuos— como seres cargados de un particular virtuosismo para alcanzar la felicidad. “La felicidad solo se puede encontrar en el interior, al romper con las ataduras a cosas exteriores y cultivar una actitud de aceptación” (Haidt, 2006).

Esta certeza budista, que sinceramente considero poderosa y transformadora, a veces se encuentra con la realidad del mundo del trabajo, con la realidad de la sociedad de mercado y la supervivencia. Y ocurre también, en muchas ocasiones, que la realidad nos aplasta y sitúa, desde una resignación aprendida, en la perspectiva que la felicidad nunca será una prioridad para nuestra agenda laboral, ya que solo pensar en la subsistencia de nuestras familias (colegios, cuentas, dividendo, salud, etc.), el trabajo se transforma en nuestro único camino posible por recorrer. 

Frente a esta realidad, el monje budista Matthieu Ricard ("En defensa de la felicidad") hace una sugerencia sobre el deber y la felicidad, exponiendo el concepto del “sentimiento de responsabilidad”, concepto que explica planteando que “el deber solo tiene sentido si resulta una elección y es fuente de un bien mayor”. “Steven Kosslyn (investigador de Harvard), me decía que lo que le venía a la mente al empezar el día no era el deseo de ser feliz, sino el sentimiento del deber, el sentido de la responsabilidad para con su familia, con el equipo que dirige y con su trabajo” (Ricard, 2005).

Estas dos perspectivas, ambas válidas, son también un puente de encuentro para aprender, para concluir o desafiar la vida que deseamos en el ámbito productivo. Hay que buscar en los matices, hay que reconocer en cada opción posible, una ventana que nos generará nuevas preguntas, nuevas prácticas y desafíos en el cómo deseamos llevar a cabo nuestra vida laboral.

Es así como para muchos expertos la felicidad laboral son sentimientos positivos que nos hacen estar satisfechos con nuestras vidas, y en muchas ocasiones son la consecuencia de dos grandes búsquedas: lo que tenemos y lo que deseamos alcanzar (salud, amor, bienes, etcétera).

La materialización de la felicidad en la vida de las personas, más allá de que puede significar un desafío abstracto e imposible de materializar desde dimensiones plenamente empíricas, poco a poco, está generando prácticas y preguntas no menores.


Caso: la felicidad de Bután (FIB, Felicidad Interna Bruta)

“La felicidad suprema en la vida es tener la convicción de que nos aman por lo que somos, o, mejor dicho, a pesar de lo que somos”, Victor Hugo.

La Felicidad Interior Bruta de Bután, situada en la falda del Himalaya (nación con 47 mil metros cuadrados de territorio, 730 mil habitantes y considerada una de las más aisladas del mundo) y que limita geográficamente entre las dos superpotencias, China e India, hoy es un espacio de aprendizaje para muchas naciones “desarrolladas”.

Esta dimensión de éxito —la felicidad—, se comenzó a investigar en 1972. El rey de esa época, después de recorrer el país conversando con sus ciudadanos, concluyó que todos los habitantes de la nación deseaban ser felices, y que el gran desafío sería diseñar un modelo de desarrollo económico basado en la felicidad de las personas. 

Se comprendió en aquel tiempo que la gente era feliz compartiendo. Esta búsqueda del desarrollo espiritual y material debía ser la gran misión a emprender como cultura nacional.

Bután no es un país rico, pero sí es un país feliz; los estudios así lo indican. Y a la vez, los estudios también plantean que el desarrollo económico también ha ido creciendo con el paso de las décadas. A modo de ejemplo, antes la alfabetización alcanzaba solo a un 10 por ciento, y actualmente se encuentra en un 60 por ciento; antes, la esperanza de vida era de 43 años, actualmente es de 66 años; la tasa de mortalidad infantil era de 163 muertes por mil personas, hoy es de 43; el 72 por ciento del país está cubierto de vegetación, y esta cifra sube año a año; el crecimiento anual es de un 4 por ciento… entre otros muchos logros.

Bután, a lo largo de estas décadas, poco a poco se ha abierto a la cultura occidental, siempre asumiendo que su identidad interna debe ser fuerte y única en el proceso formativo de sus habitantes. Hoy, éstos disfrutan de cuidados en el ámbito de la salud y la alimentación. La electricidad es casi en su totalidad subvencionada, la agricultura, centrada en dimensiones ecológicas, con una planificación urbanística regulada y un turismo no invasivo.

La filosofía de la felicidad en Bután se centra en uno de los grandes ejes del budismo, el no apego a lo material. Organismos como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización de las Naciones Unidas (ONU), entre otros, hoy están muy atentos a estos nuevos paradigmas de cómo actúan los gobiernos y sus procesos de desarrollo. Metodológicamente, el proceso se articula a través de cuatro pilares: la economía, el patrimonio cultural, el medio ambiente y la buena gobernabilidad.

Pregunta posible frente a este caso inédito: si un país emprendió un sendero diferente acerca de cómo pensar el desarrollo, el crecimiento y la felicidad, y hoy el mundo está pensando en cómo imitar esta iniciativa (Bután) de más de cuatro décadas, ¿por qué las empresas no instalan esta dimensión (la felicidad) como un factor crítico de éxito no solo para el fortalecimiento del negocio, sino también para validar una nueva forma de habitar el mundo del trabajo?

Cuando respondamos esta pregunta y pasemos a la acción, tendremos muchas posibilidades de que el espacio del trabajo no sea más aquel lugar en que nos encapsulamos y exiliamos gran parte de nuestros días, para poder transformarse, cada vez más, en un lugar de mayor plenitud y desarrollo personal y colectivo.

¿Qué hace el coaching en este modelo? ¡Mucho! De hecho, se basa en que el coachee encuentre su plenitud. El Coaching Organizacional es capaz de orientar tanto a empresas como a quienes trabajan en ellas, de acuerdo a las metas que se contemplen, siempre buscando el bienestar común entre ambas partes.



Fernando Véliz Montero
Coach Ontológico, certificado por Newfield Network; autor de Comunicar y de Resiliencia Organizacional


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